Cerro Pelado: decisiones cuestionables entre adultos funcionales

Me da demasiada risa ver esos memes que dicen que después de los 30 la vida cambia.

El café va sin azúcar. El sueño pega a las 8:00 p.m. (con suerte). Y uno está con los ojos pelados a las 6:00 a.m. un domingo, sin alarma.

Una vez viendo un stand-up de Hernán Jiménez, decía que uno ya está roco cuando en la segunda birra en un bar empieza a soñar con la textura del colchón, la almohada y el olor a Suavitel del edredón. No puedo estar más identificado. Porque sí… esa es mi vida ahora.

Y ni hablemos de las actividades que empiezan a “gustarle” a uno: subir cerros, hacer caminatas eternas, correr por gusto y, en casos más severos, CrossFit, Hyrox o gym. Todo eso acompañado de Cofal, parches, boli de Enantyum y otros “gustos culinarios” de recuperación. 😂

Así que en este episodio decidí honrar oficialmente la tendencia de nosotros los jóvenes adultos —según la OMS, todavía jóvenes, gracias— y me mandé a escalar Cerro Pelado con un grupo de crossfiteros que claramente toman decisiones cuestionables… pero funcionales.

La aventura empezó en la madrugada del 15 de febrero. Un grupo de adultiones responsables tomando malas decisiones salimos de Atenas rumbo a Cañas (creo… porque a esa hora uno solo confía en Waze y en la fe).

Llegamos absurdamente temprano, con esa mezcla rara entre sueño, frío y emoción. La meta era clara: subir de noche para ver el amanecer arriba.

Y déjenme decirles algo: no es lo mismo verla venir que bailar con ella.

Mi recomendación honesta es que suban de noche. ¿Por qué? Porque no se ve nada. Y eso es una bendición. Si usted tuviera plena conciencia visual de lo que le toca subir… aplica un Liga–Heredia cuando expulsaron a todos menos al aguatero y mejor se devuelve.

Uno solo escucha el viento pegando fuerte y el jadeo colectivo del grupo. Cada paso se siente como si perdiera medio año de vida. El corazón late en surround sound. Las piernas tiemblan. Y la mente empieza a cuestionar todas las decisiones que lo trajeron hasta ahí.

Pero también pasa algo curioso: en medio del cansancio, nadie se rinde. Seguís. Paso a paso.

Y entonces empieza la magia.

La ausencia total de luz artificial hace que el cielo se vuelva absurdo. Las estrellas se ven como uno ya no las ve en casi ningún lado. Hay un silencio que pesa, pero que abraza.

Y de pronto, como si alguien arriba encendiera el breaker del universo, empieza a asomarse la luz. Primero un destello tímido. Luego el cielo cambiando de tono. Después, una vista que simplemente no se puede explicar.

Es una experiencia casi religiosa.

Se los juro: uno siente algo. Agradecimiento. Humildad. Conciencia de estar vivo.

Ahí arriba entendés que Costa Rica es absurdamente hermosa. Que a veces se nos olvida lo privilegiados que somos. Que gritar “¡pura vida!” no es cliché… es verdad.

Y mientras bajábamos —porque sí, también hay que bajar— pensaba en algo muy Tierra Prestada: a veces uno se mete en cerros físicos para recordar que también puede subir los cerros internos.

Que el cansancio pasa.
Que el miedo se supera.
Que la vista desde arriba casi siempre compensa el esfuerzo.

Les dejo unas fotos de esta travesía.

Y si usted es un adulto funcional tomando decisiones cuestionables… mándese.

Nos leemos pronto, mi gente.
Abrazo grande. 🌿💪🏼🏔️

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