Cachí: volver también es soltar
Estamos de vuelta, mi querida gente. Ha pasado un tiempito… y uno que otro caos personal que no me había dejado estar tan presente por acá. Pero bueno, así es la vida: se desordena un poco, uno se pierde tantito… y luego vuelve. Y aquí estamos.
Esta vez con una escapadita a uno de esos lugares que no solo se visitan, sino que se sienten: Cachí.
Todo comenzó el domingo 15 de marzo, cuando el ya conocido grupo de adultos funcionales con decisiones cuestionables —sí, los del Cerro Pelado— decidió mandarse a apoyar a un miembro del box (recuerden: intento serio de crossfiteros) en una competencia de obstáculos. Básicamente, el juego de la oca… pero versión tica: barro, cerros, sufrimiento innecesario y dignidad en juego en pleno Valle de Orosi. Por temas legales… digo, de respeto… vamos a mantener la identidad del atleta en anonimato (traducción: no le pedí permiso para subir fotos 😂).
Después del evento, agarramos camino hacia mi lugar seguro: Cachí, específicamente la Casona del Cafetal. Mae… qué lugar. El verde es más verde, el aire se siente distinto y el desayuno —ni hablar— merece capítulo aparte. Pero esta vez no fue solo el paisaje ni la comida lo que me pegó… fue el momento.
Estaba sentado, café en mano, viendo las montañas, cuando alguien en la mesa soltó: “Mae, ¿cuántas veces ha venido usted aquí?”. Y ahí me quedé. Porque la respuesta real no era un número… eran momentos. Más de diez veces, sí, pero cada una con una historia distinta, con gente distinta, con versiones mías que ya ni existen. Me acordé de conversaciones largas, de risas sin filtro, de días ligeros… y también de momentos donde ese mismo lugar fue refugio cuando la vida pesaba un poco más.
Y ahí, entre café y recuerdos, me pegó esa mezcla rara: nostalgia, un poquito de melancolía… y también risa. De esa que uno suelta cuando ya entiende todo con perspectiva. Porque hay lugares que no solo visitás… hay lugares que te guardan.
Les dejo por aquí algunas capturas de este día —porque hay cosas que las palabras no logran decir del todo—, pero si han estado ahí, saben exactamente de lo que hablo.
Y al final, como todo en la vida, uno entiende algo sencillo pero poderoso: hay cosas que te suman, otras que te rompen un poco pero te construyen mejor, y otras que —aunque fueron increíbles— ya cumplieron su ciclo. Y ahí es donde viene la parte difícil: soltar. Sin drama, sin rencor, sin aferrarse… solo agradecer y seguir.
Porque crecer también es eso. Aprender a soltar… aunque duela un poquito.
Suelte, mae… suelte.
Nos leemos pronto. 🌿☕