Puerto Viejo: donde el tiempo no corre igual
Los días grises también son parte del camino. Y este empezó así.
Después de 9 años, volví a uno de los lugares que más amo: el Caribe Sur. Y mae… qué raro es el tiempo. Porque en la cabeza uno siente que fue “hace nada”, pero la realidad es otra. Nueve años. Suena pesado.
Muy parecido a lo que me pasó en Santa Teresa, este lugar también está irreconocible… pero para bien. Más desarrollo, más movimiento, pero con algo que no cambia: esa vibra caribeña que se siente en el aire, en el verde, en la gente. Allá el tiempo no corre igual. Se estira, se pausa… o al menos eso parece para los que viven ahí.
Esta historia empieza un 11 de abril, cuando este adulto funcional de decisiones cuestionables decidió que no iba a pasar otro fin de semana encerrado en la casa. “¿Solo? Sí. ¿Pero en Puerto Viejo? También.” Plan perfecto… en teoría. Porque en la práctica: Zurquí cerrado, lluvia sin parar desde que salí hasta que llegué y como seis horas de manejo pesado. No les voy a mentir… por lo menos hasta Turrialba pensé como diez veces en devolverme. Súmenle que no había dormido bien la noche anterior. Cansancio, lluvia y carretera… combo peligroso.
Pero algo cambió.
Cuando pasé la altura de Pavones en Turrialba, el camino empezó a engancharme. El verde se volvió más intenso, el aire distinto, la carretera más viva. Y ahí fue cuando me salió, solo, manejando: “Jesús, José y María… qué pedazo de país tenemos”. Y qué poco lo conocemos. En ese momento hasta agradecí que el Zurquí estuviera cerrado, porque si no, probablemente no me hubiera mandado. A veces lo que parece un obstáculo… es justo lo que te empuja a donde tenías que ir.
Llegar después de 9 años fue otra cosa. Nostalgia pura, pero no de la triste… de la que te abre recuerdos. Y de pronto, sin buscarlo, me vi en uno muy específico: mi hija, con menos de un año, en ese mismo lugar. Y este año cumple 10. Diez. Ahí fue donde el viaje dejó de ser solo un destino… y se volvió un golpe de realidad bonito.
La mañana siguiente empezó como tenía que ser: con café. Parada obligatoria en Maxis. Café en mano, sin prisa, viendo pasar la vida al ritmo caribeño. Ese tipo de momento donde no pasa “nada”… pero pasa todo. Después decidí moverme y me fui para el sendero de Uvita. Naturaleza pura, verde por todo lado, humedad, silencio… esa sensación de estar completamente metido en otro mundo.
Hasta que, bueno… claramente tenía que pasar algo.
Me golpeé un dedo contra un árbol y dejé media uña pegada. Sí, así como suena. Aventura nivel adulto funcional en su máximo esplendor 😂 Pero como ya es costumbre en estos viajes, la vara no terminó ahí. Me agarró la lluvia. Y no una lloviznita romántica… lluvia de verdad, caribeña, sin pedir permiso.
Así que terminé refugiado en una pequeña estructura dentro del sendero, sentado, escuchando el agua caer con todo alrededor. Y ahí, empapado, con el dedo latiendo y sin poder hacer mucho más que quedarme quieto, pasó algo curioso: me quedé. Sin celular, sin distracciones, sin prisa. Solo escuchando. El agua, el viento, el bosque.
Y en medio de todo eso entendí algo que a veces se nos olvida: no todos los momentos tienen que ser perfectos para ser valiosos. A veces son incómodos, a veces duelen, a veces no salen como uno esperaba… pero igual son, y se quedan.
Y entre lluvia, carretera y ese Caribe que siempre tiene algo que decirte, me llevé algo claro: no hay que esperar el momento perfecto. Hay que ir. Aunque llueva, aunque dé pereza, aunque uno no esté 100% seguro. Porque la vida no avisa, y lo único que tenemos de verdad… es el presente.
Así que si lo va a hacer… hágalo. Viaje, llame, ame, viva. Como si fuera el último día.
Nos leemos pronto. 🌿🌊☕