Diosidencias: cuando la vida te lleva por donde necesitabas pasar …

¿Diosidencias? ¿Así les dicen, verdad? Esos momentos en los que todo parece coincidir de una manera tan precisa que cuesta creer que sea pura casualidad. El lugar, el momento, las personas… como si alguien estuviera acomodando las piezas de una historia sin que uno tenga la menor idea de lo que está pasando. Para mí es Dios haciendo de las suyas; para usted tal vez sea el universo, el destino o simplemente la vida. Llámele como quiera, pero dígame si nunca le ha pasado que vuelve a ver hacia atrás y piensa: mae, esto tenía que pasar así.

Y aquí estoy, después de quién sabe cuánto tiempo sin escribir, en modo reflexivo, esta vez sin café, para variar, sentado al fondo de una fiesta infantil, con un ojo puesto en los míos y el otro en estas ideas que me vienen dando vueltas en la cabeza. Espero que el yodo llegue pronto, porque tengo bastante que procesar. 😂

Mae, ¿pero qué pasó con este año? ¿En qué momento se nos fue octubre? Uno empieza en enero con la agenda llena de propósitos, proyectos y buenas intenciones, convencido de que esta vez sí va a hacer todo lo que lleva años diciendo que va a hacer. Y de repente, ¡pum!, ya casi estamos guardando el arbolito de Navidad otra vez.

Yo tenía tantas ganas de hacer de Tierra Prestada un proyecto constante. Tenía ideas, historias, fotografías y un montón de cosas que quería compartir. De hecho, este mismo post es una especie de rejuntado de fotos, vivencias y sentimientos que se me han ido acumulando durante estos meses. Pero entre el trabajo, las responsabilidades, la dinámica del día a día y los mil pendientes que aparecen de la nada, fui dejando todo para después.

Y no nos engañemos: las excusas siempre encuentran cómo sonar razonables. Que no hay tiempo, que estoy cansado, que mañana me siento a escribir, que primero tengo que resolver aquella vara… y cuando uno se da cuenta, lleva meses sin hacer eso que tanto quería hacer.

Lo más curioso es que, mientras buscaba tiempo para tantas cosas, también fui dejando de lado otras que importan: mi salud, mis espacios personales, mi energía y hasta esas pequeñas cosas que me hacen sentir que estoy viviendo y no simplemente cumpliendo con la lista de pendientes. Porque sí, señores, uno puede ser muy funcional para resolverle la vida a todo el mundo y tener un desmadre monumental tratando de organizar la propia. ¡Qué nivel de adulto! 😂

Pero aquí viene lo interesante…


A pesar de todo lo que no hice, de los planes que quedaron en pausa y de las veces que sentí que no estaba avanzando como quería, este 2026 también me ha llevado a lugares increíbles, me ha puesto frente a oportunidades que antes ni imaginaba y me ha permitido coincidir con personas que, de una u otra forma, me dejaron algo.

En lo laboral he tenido la oportunidad de llegar a lugares donde nunca había estado y vivir experiencias que me han retado, enseñado y obligado a salir de mi zona de confort. También he coincidido con almas de esas que uno siente familiares desde el primer momento, como si las conociera de toda la vida. Algunas llegaron para quedarse un rato; otras, por las vueltas de la vida, tocó dejarlas pasar.

Y sí, hay una historia por ahí que merece un café y probablemente algo más fuertecito… irlandés, para ser exactos. Pero ese chisme lo dejamos para otro episodio, porque tampoco vamos a contar toda la novela en una sola sentada. 😂

Lo cierto es que muchas de esas experiencias llegaron cuando menos las esperaba, en momentos en los que probablemente estaba demasiado ocupado tratando de controlar otras cosas. Y ahí es donde vuelvo a pensar en las famosas diosidencias: esas coincidencias que, vistas en retrospectiva, parecen tener un sentido que en el momento simplemente no alcanzábamos a comprender.

Tal vez no todo ocurre por una razón que podamos entender de inmediato. Tal vez algunas cosas solo cobran sentido con el tiempo. Pero me gusta pensar que hay encuentros, caminos y oportunidades que nos encuentran precisamente cuando estamos listos para aprender algo de ellos, aunque todavía no tengamos ni la más mínima idea de qué se trata.

Y en medio de todo este enredo de cosas logradas y pendientes, de alegrías, aprendizajes, oportunidades y despedidas, hay algo que cada vez tengo más claro: la vida no espera a que uno tenga todo resuelto para seguir pasando.

El tiempo va a toda máquina, mae. Sin frenos, sin reversa y sin esperar a que terminemos de organizar la agenda. Mientras uno piensa que todavía tiene tiempo para llamar a alguien, visitar aquel lugar, empezar ese proyecto o decir lo que siente, los días se convierten en meses y los meses en años.

Por eso creo que hay que aprender a disfrutar lo que sí tenemos, agradecer lo que llega, aceptar lo que se va y dejar de castigarnos tanto por aquello que no salió como esperábamos. No se trata de conformarse ni de dejar los sueños tirados; se trata de entender que también somos humanos, que hay temporadas para correr y otras para tomar aire, y que volver a empezar no significa que fracasamos en el intento anterior.

Así que aquí estoy, retomando este espacio que nació de mis ganas de recorrer Costa Rica, tomar fotografías, conocer historias y compartir un poquito de lo que voy encontrando en el camino. No sé si a partir de ahora lograré publicar con la frecuencia que soñé desde el principio, pero sí sé que quiero volver a intentarlo, sin tanta presión por hacerlo perfecto y con más ganas de disfrutar el proceso.

Porque si algo he aprendido en este tiempo es que las historias no siempre aparecen cuando uno se sienta frente a la computadora. A veces llegan manejando bajo la lluvia, tomando café en algún rincón del país, conversando con un desconocido o coincidiendo con alguien que termina moviéndote el mundo un poquito.

Y otras veces aparecen sentado al fondo de una fiesta infantil, tratando de escribir mientras vigilás que los tuyos no se manden alguna travesura. La inspiración tiene un sentido del humor bastante particular, ¿verdad? 😂

Si usted está leyendo esto, gracias por darse una vuelta por aquí. De verdad. Si me lee una persona, ya hay una razón para seguir escribiendo; si me leen más, qué dicha poder compartir estas historias con ustedes.

Todavía quedan caminos por recorrer, fotografías por tomar, cafés por probar y un montón de historias que merecen ser contadas. No prometo tener la vida resuelta ni publicar todos los martes a las siete de la noche. Lo que sí quiero es seguir construyendo este espacio, una historia a la vez.

Y quién sabe… tal vez el simple hecho de que usted haya llegado hasta aquí también sea una de esas famosas diosidencias.

Nos leemos pronto, mi gente. Cuídense mucho, disfruten el camino y, por lo que más quieran, no dejen toda la vida para después.

Al final, entre caminos y tazas de café, siempre hay una historia esperando. 🌿☕

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